Páginas

Ni el momento, ni el lugar.

Otra noche más con la misma pregunta...
¿Qué haces que no estás aquí?
Quizás me quejo de vicio,
o nos quejamos, mejor dicho.
Pensarte. Idealizarte. Quererte.
Pensarte en mi cama.
Idealizarte en mi mente.
Quererte, a todas horas.
Mirarte a los ojos 
y hacerte rabiar hasta tal punto
que toda tu credibilidad se desvanezca.
Y cuando no puedes contener más tu ira, 
hacer que desaparezca.
Besándote.
Haciendo que tu mente piense 
en otro lugar, en otro momento.
Y entonces odiar los momentos.
Los lugares nos acompañan,
mas los momentos huyen de nuestro lado.
Quiero huir. Y hacerlo contigo.
No empezar de cero, pero si de uno.
De dos, mejor dicho.
Encontrar nuestro lugar.
Encontrar nuestro momento.
Encontrar el espacio 
en el que me puedas desnudar
sin pensar que no es ni el momento,
ni el lugar.
Quizás lo que realmente necesitamos
 es amanecer en un ático destartalado
de esa ciudad que tanto amas.
Quizás lo que realmente necesito
es que hagas desaparecer
todo lo destartalado que hay en mi.



Soy un ser oscuro y decadente;
pero tu me das la luz.





Guerra en tu cama.

Nada como declararte la guerra.
Un declaración silenciosa en la que son los dientes los que se pelean.
Una batalla campal que se disputará en tu cama.
Luchas por hacer desaparecer la armadura que es tu ropa sobre tu piel.
La única arma, mi boca, mis manos, mi cuerpo.
Tu única defensa, conseguir evitarme. Escabullirte de mí y esconderte entre las sábanas.
Sábanas que arderán por el calor de la batalla.
No hay vencedoras ni vencidas.
No hay heroínas en esta guerra, aunque sí, tú eres mi heroína.
Mis pupilas se dilatan, para captar cada mínimo destello que tu cuerpo emita.
Para captarte entera.
El norte se vence con facilidad.
Este.
Oeste.
Y las tropas centran su atención en el sur.
No hay victoria tan fácil ni derrota tan satisfactoria.
Es una guerra de fuego.
De caricias y mordiscos.
De miradas y patadas.
De sonrisas y de besos.
Es una guerra en la que el único objetivo es conquistar cada centímetro de tu cuerpo.

Quid pro quo.

Recuerdo esa tarde en un césped olvidado,
y cómo, entre risas y mordiscos,
acabamos revolviéndonos por el verde suelo.
Y sólo entonces, y retomando lo de que todo es un juego,
me siento sobre ti y te impido acercarte.
Sin embargo, acabo cediendo, 
y soy yo la que poco a poco se deja caer sobre ti.
Y así, en el horizonte, el sol se va escondiendo,
y nosotras, a escasos milímetros, nos sentimos respirar.
Te beso. Nos besamos. Me besas. 
Y sin darnos cuenta el sol ha desaparecido.
La oscuridad trae consigo la melancolía del fin del día.
Sentadas, me abrazas por la espalda,
y lentamente vas buscando mis labios.
Sutiles caricias en el pelo.
Fuertes mordiscos en el cuello.
Te acercas a besarme y me alejo.
Y sin darte cuenta, y con los ojos entrecerrados
te muerdes el labio y me miras con tanto odio y deseo
que en lo único en lo que pienso es en besarte y no dejarte ir.
Pero aun así, cuando nos alejamos,
la distancia no lo es tanto si cuando me voy
haces que encuentre poemas y "te quieros",
a la vez que haces que la poca distancia
que separa tu casa de la mía
sea demasiada.
Este es el Quo de tu Quid.

El karma está fuera de juego. 
Aunque solo sea por la capacidad de atraer estos vanos recuerdos a mi... a ti.

.

No llega a una semana desde el día que te tuve entre mis brazos, y es curioso cómo mi edredón aprendió a estar en el suelo,  tanto, que últimamente amanece siempre así.
Desde que vestiste el suelo de mi habitación con tu ropa, la mía, no es más que suciedad y desastre. Quizá fue el tono de la luz roja, que lo bañaba todo una una concupiscencia que no puedo no-soportar ahora. Y no es sólo que no pueda, si no que es que, además, no quiero hacerlo.
Tú y tu pelo suelto me confundís. Soy una persona de pocas palabras, pero es que a veces siento que no tengo suficientes para decir lo que quiero decir, y por eso solo me quedo mirándote con mis ojos de color confuso, que a medida que me besas se ponen más azules, mientras por mi cabeza pasan todo tipo de ideas concupiscentes.
Y entonces levantas tu mirada, y buscas la mía, mientras tiras de mi camiseta y te acercas a besarme.


No dejo de pensar en cuándo podré despertar abrazada a tu cintura, enredada en tus piernas desnudas y darte los buenos días como es debido.