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No llega a una semana desde el día que te tuve entre mis brazos, y es curioso cómo mi edredón aprendió a estar en el suelo,  tanto, que últimamente amanece siempre así.
Desde que vestiste el suelo de mi habitación con tu ropa, la mía, no es más que suciedad y desastre. Quizá fue el tono de la luz roja, que lo bañaba todo una una concupiscencia que no puedo no-soportar ahora. Y no es sólo que no pueda, si no que es que, además, no quiero hacerlo.
Tú y tu pelo suelto me confundís. Soy una persona de pocas palabras, pero es que a veces siento que no tengo suficientes para decir lo que quiero decir, y por eso solo me quedo mirándote con mis ojos de color confuso, que a medida que me besas se ponen más azules, mientras por mi cabeza pasan todo tipo de ideas concupiscentes.
Y entonces levantas tu mirada, y buscas la mía, mientras tiras de mi camiseta y te acercas a besarme.


No dejo de pensar en cuándo podré despertar abrazada a tu cintura, enredada en tus piernas desnudas y darte los buenos días como es debido.



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