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Quid pro quo.

Recuerdo esa tarde en un césped olvidado,
y cómo, entre risas y mordiscos,
acabamos revolviéndonos por el verde suelo.
Y sólo entonces, y retomando lo de que todo es un juego,
me siento sobre ti y te impido acercarte.
Sin embargo, acabo cediendo, 
y soy yo la que poco a poco se deja caer sobre ti.
Y así, en el horizonte, el sol se va escondiendo,
y nosotras, a escasos milímetros, nos sentimos respirar.
Te beso. Nos besamos. Me besas. 
Y sin darnos cuenta el sol ha desaparecido.
La oscuridad trae consigo la melancolía del fin del día.
Sentadas, me abrazas por la espalda,
y lentamente vas buscando mis labios.
Sutiles caricias en el pelo.
Fuertes mordiscos en el cuello.
Te acercas a besarme y me alejo.
Y sin darte cuenta, y con los ojos entrecerrados
te muerdes el labio y me miras con tanto odio y deseo
que en lo único en lo que pienso es en besarte y no dejarte ir.
Pero aun así, cuando nos alejamos,
la distancia no lo es tanto si cuando me voy
haces que encuentre poemas y "te quieros",
a la vez que haces que la poca distancia
que separa tu casa de la mía
sea demasiada.
Este es el Quo de tu Quid.

El karma está fuera de juego. 
Aunque solo sea por la capacidad de atraer estos vanos recuerdos a mi... a ti.

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