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No sé si mataré monstruos por ti... pero pídemelo a ver que puedo hacer

Fue una tarde inolvidable, como todas las que paso a tu lado.
Tiradas en un césped, y besándonos esquivando las cámaras que nos esperan en cada esquina.
Paso por ese parque cada día, y busco tu risa tras esos árboles… y procuro recordar cada mirada y cada beso que nos dimos, sin poder evitar desear que me des otro.

He cambiado la nicotina por tu saliva, y es mucho más adictiva… la pega, es que no la puedo adquirir cada 100 metros… pero la tengo cada vez que estás cerca. La ventaja es que no me acerca a la muerte…. Si no que me da la vida, y es sin ella cuando me siento morir.


Pero muerte es sin duda dejar de sentirla dentro de mi… y no solo de mi boca, cada vez que haces magia y me elevas sobre cualquier superficie en la que antes me hayas tumbado, haciendo que mi espalda se arqué y mi cuerpo se abra a tu lengua… como el humo se  colaba en mi cuerpo y teñía a gris el color de mis pulmones, sólo que no hace nada negro, sino que me lleva a las estrellas, al infinito, a otro planeta, para luego tirarme en la tierra, que entonces se convierte en muerte, y yo solo quiero aferrarme a la vida… a ti.


Volvamos al principio descubriendo el futuro.

Cierro los ojos, suspiro.
Pienso en ti.
Sonrío.

No puedo evitar recordar 
cada beso durante el invierno.
Cada rincón de esta ciudad
bañado por un amor verdadero.

Cada mirada,
que emitía el calor necesario
para hacer a nuestros cuerpos 
sobrevivir a la intemperie.

Y vuelvo a los besos.
Que según se fueron haciendo más cálidos,
la primavera apareció 
y con ella todos los parques
que nos dieron cobijo.

Y más tarde el verano,
y nosotras,
adversas al clima,
nos refugiamos en el calor de tu cama,
que ha recogido más besos y caricias
que cualquier hotel de toda Venecia.

Pero ninguno de esos,
aunque si fueron especiales,
como todos los que me robas,
pueden compararse
con lo que me hiciste sentir la otra noche.

Todo fue pasión y desenfreno,
y una vez más,
fueron nuestros cuerpos
los que se decían los te quieros,
ya que nuestras bocas
se dedicaban a comerse,
como si quisieran recordar
tantas noches vividas en ese, 
y tantos otros lugares,
que seguro, nos echan de menos...

Pero todo esto no quiere decir
que quiera seguir volviendo a ellos-
y ni mucho menos, dejar de hacerlo-.

Hay millones de escondrijos
que todavía no nos han saboreado,
y todos ellos,
deberían ser desgastados 
por nuestras espaldas
al golpear sus paredes.

Madrid, París... Venecia...
todas esas ciudades
que tu mente enamorada
quiere visitar a mi lado...
¿Has pensado en cuantos
besos podrías darme
en cada una de ellas?

Pero no soy yo la que lo dice,
que son las calles
 las que silban nuestros nombres,
mientras nosotras cerramos los ojos
y nos imaginamos en cualquier puente de Praga...
en tu cama...
en la mía...

Y curiosamente son tus labios
y tus manos las que siento.
Y el lugar es lo de menos.
"el callejón oscuro de anoche nos echa de menos..."
Y el de mañana, ya nos espera.