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cuerda floja

Me siento como si estuviera en una cuerda floja a escasos metros de ti, que estás en la plataforma del final, balanceándome, buscando el equilibrio y la tranquilidad para poder avanzar hacia ti o caerme en el vacío.


Me gustaría verte sonreír como cuando lo haces justo después de quedarse sin respiración por tragarte uno de tus mejores gritos, creyendo que estás muerta y mi cuello es tu cielo. Me gustaría que me miraras y no lo hicieras decepcionada y temerosa, sino viendo mi alma a través de mis ojos como cuando lo hacías antes de conocer lo que había detrás de ellos. Me gustaría poder encontrar la fuerza y el valor que necesito para alcanzarte de nuevo en mi misma, pero no sé si la encuentro.

Por eso, esos “me gustaría” son para mi “deseo” y “necesito” que debes hacer para mí. Soy muy cobarde, y ya viste que me derrumbo con facilidad, por eso quiero que, si de verdad estás segura de querer que vaya a esa plataforma contigo, seas mi heroína y me extiendas tus brazos para que tenga algo a lo que agarrarme para no dejarme caer… 

Y yo me encargaré de ir hacia ti.
Solo se oía el ruido puntiagudo del silencio. Me miraba sentada en la cama, con los ojos rojos, inundados por unas lágrimas que no querían deslizarse por sus mejillas, hasta que su boca se entreabrió y dejó salir un "no te vayas... por favor, ven aquí".

Yo la miraba desde la puerta. apretando los dientes e intentando no fijarme sus ojos, esos ojos llorosos que me ponen los pelos de punta, debatiéndome entre ceder o huir.

Las discusiones nunca son fáciles. Pero a veces lo es cerrar la puerta de un portazo y tirarse en la oscuridad de otra habitación donde el silencio desparece y son los pensamientos los que se suceden. Sólo oía gritos en mi cabeza que se sucedían sin parar, agolpándose e impidiéndome llegar a cualquier solución coherente a lo que estaba pasando.

Y por mucho que hubiera preferido irme de allí y no volver, mis pies sólo sabían volver a abrir la puerta, secar sus lágrimas y decir decir "lo siento".

Lo último que recuerdo es un beso en la frente, un abrazo, de esos que dan la vida, mientras me susurraba "no pasa nada, idiota".



Just dream it.

Y cuando lo dejemos y te pregunten que qué tal era en la cama, dirás un "bueno" con la boca pequeña, mientras tus sentidos viajan alocados por tu mente, llevándote de un lado a otro, de una cama a otra, de un puente a la luna, al sol, al cielo y al más ardiente infierno.

Mientras tu piel se eriza y te recorre un escalofrío por la espalda y sientes mis dedos en tu costado, sosteniéndote frente al vacío que hay entre tú, yo y el colchón que nos acogía noche tras noche.

Mientras piensas cómo me hacías gritar en silencio y cómo se nos escapaba alguna que otra carcajada, cómo te perdías en mi mirada y te enredabas en mi boca. Cómo salía el aire roto por tu garganta y se clavaban tus uñas en mi espalda, cómo rasgaban sábanas que no hacían más que estorbar.

Mientras recuerdas duchas, lluvias y mares que vieron como un beso en el cuello es suficiente para desatar una tormenta que apenas se aguanta de pie. 


Y entonces, mientras cruces tus piernas, y respires hondo,cuando vuelvas en ti, te morderás un poco el labio, entrecerrarás los ojos y te preguntarás si alguien se habrá dado cuenta de cómo era la vida conmigo: un orgasmo continuo.


Desastre eléctrico

Como el escalofrío que me recorre al pensar en tus dedos paseando por mi piel.

Así es como huele tu recuerdo: a metal y a vapor, a sangre, a frío y calor al mismo tiempo. A horas perdidas sin tu compañía. A viento que alborota un pelo que no está; a lluvia que moja un beso que no se está dando.

A musas que no inspiran, a éxitos agotados, aplausos vacíos, amistades sin verdades. Las sábanas se mueven sin una marea, las lágrimas no acompañan a las risas.

Hoy voy vestida de una tristeza singular, porque tu no la persigues para que se vaya. Busco el contacto de tus dedos con los míos, y al final soy yo la que se recorre buscando huellas de ti por mi piel. 

Sola no se está tan mal. Es la manera de buscar los mil caminos que llegan a ti, de ramificarse, de oírte en todas las canciones, de verte en todas las lluvias, en todos los atardeceres. Es la mejor manera de saber que es tu cuello el que quiero morder, de que es tu boca la que quiero saborear, que e... Que te echo de menos.

Que me cuesta respirar si te pienso tanto lejos. Me muerdo los labios con la esperanza de que me robes un beso, de esos cálidos que me mueven entera, y lo único que me roba es el frío: me quita mi tranquilidad, mi seguridad... a ti.

El sol parece no querer salir, y así es como quema tu ausencia. No quiero separarme de ti sin crear recuerdos antes, aunque sé que te seguiré buscando por las esquinas. Parpadeé en ese último beso que me diste... me lo perdí y ahora no puedo acordarme de a qué sabías, ni como me acariciaban tus manos. 

Y ahora solo pienso en que te veré o que pronto mi cama no volverá -nunca- a estar fría. 
Pronto.
No ahora.
Pero Pronto.



"Hay momentos en los que la vida
te coloca a la misma distancia
de huir o quedarte para siempre".



A la mierda.

A la mierda los castillos en el aire. Yo quiero los míos plantados en el suelo para poder sentir ese momento en el que todo con lo que soñaba queda suspendido en el aire durante unos segundos. Y entonces tengo que decidir si soplar para que se desvanezcan o aferrarme a ellos para que vuelvan donde estaban.

Y un día te das cuenta que todo lo que has construido para tu futuro no lo has hecho a solas ni pensando sólo en ti. Y cuando tienes que elegir si echarlo todo a perder o lanzar una cuerda para atar todos tus cabos, te das cuenta de que hay dos tijeras y una sola cuerda, y que con que una de las dos se decida a usar la suya, todo se irá a la mierda.

No tengo ningún derecho a pedirte que tires las tuyas por la ventana, pero sí la capacidad de tirar mis tijeras al cubo de la basura y quedarme con el futuro en mis manos, y aunque pueda parecer que a veces están vacía, yo noto cómo se van llenando un poco más cada día que paso contigo.

No sé donde puse mis ganas de cortarnos, pero de momento no tengo imtención de encontrarlas, ni siquiera por mucho que mis muñecas me griten que pueda parar de dejar crecer a nuestros sueños. Me gusta más volverlas la espalda y recibir cien latigazos a ver cómo se derrumban los cimientos de todo lo que he(mos) construido en cuatrocientos cinco días de sollozos y quebramientos de cabezas.


Fugitivas


Vivimos sin pertenecer a ningún sitio. Sin que un lugar nos arrope y nos dé las buenas noches. Y aun así siempre encontramos la manera de hacer que los recuerdos vuelen y que con solo cerrar los ojos, nos lleven hasta ese banco, ese césped o esa cama.

Vivimos sin saber cómo. En pasado y en presente. Superamos mil y una noches, mil y dos días, siempre pensando en uno más, siempre recordando cómo fue uno menos. Y así nos pasa, que no sabemos si vamos o venimos o en qué maldito día vivimos. Y se nos olvida que sólo han pasado trescientas ochenta y cinco noches desde aquella en la que el valor te superó y dejaste los miedos atados a mi cuello, cuando ataste tus brazos a él, como si de una medalla se tratasen.

Somos fugitivas. Fugitivas de miradas, de cámaras, de gente que desprecia lo que somos. Parecemos esos niños a los que nadie elige en su equipo y acaban odiando el fútbol. Yo ya odio a todo el mundo que nos mira mal cada vez que nos besamos o pasamos de la mano a su lado.

Parece que huimos, que Madrid no nos quiere, que nuestra casa no existe, y que nacimos para ser nómadas. Nómadas de un mundo en el que no somos nada ni nadie y en el que no estaremos nunca mejor que en casa. Pero qué es casa, si cada beso dulce en el vagón del metro supone cuatro miradas que se apartan de nuestro lado, tres más que se mantienen con malos pensamientos en las mentes que las controlan y dos que no pueden apartarse porque el placer que sienten es mayor a lo que han sentido en toda la semana.

Pero queda el consuelo de que esto es solo temporal, que luego recordaremos entre risas todos esos momentos en los que los besos eran más importantes que la gente que nos rodeaba. Y la última conclusión que sacaremos es que nuestro hogar no es otro que el que aparece cuando juntas tus labios a los míos y al separarnos no miramos y sonreímos como si el mundo se hubiera detenido un par de minutos.


Haces que llueva sólo con tu respiración

"¿Y si vamos a la parte de atrás 
y pierdes tus manos en mi pelo 
y tu boca en mi cuello?"

Es una frase 
que se queda atrás en el tiempo.
Y ahora lo que quiero
es verte como el otro día,
erguida sobre el mundo
y jurarte que siempre
serán mis rodillas las que te sostengan
mientras tu cuello
busca aire por encima de la atmósfera terrestre,
que mis hombros 
te servirán de apoyo cada vez que vuelvas a caer, 
que mi boca
te hará resucitar cuando no te queden fuerzas 
para seguir librando más batallas.

Recorro
el contorno de mi piel
pensando
en cómo se eriza
cuando son tus dedos 
los que la bailan,
cuando son tus labios
los que la remueven de su paz.
Y entonces 
siento como te acercas más a mí
y vas tocando 
uno
a
uno
todos mis puntos débiles,
hasta el momento de acercarte a mi cuello,
con tus ojos, con tus manos, con tus besos. 

Y te pones a jugar con mi control, 
a retar a la suerte, 
y a veces ganas, 
y otras 
soy yo la que se deja vencer. 
Y ambas veces 
soy yo la que acaba subiendo al cielo 
en busca de algo que llene mis pulmones,
 en un poco más de autocontrol 
que bloquee mi garganta
 y haga que nuestros cuerpos
 sean los únicos que sepan 
a qué velocidad palpitan nuestros corazones. 



Rutina

Vivimos sometidos al yugo de la rutina: suena el despertador, miras el móvil, te levantas, vas a clase, comes vuelves... fin de semana, vuelve a sonar el despertador... y así día tras día. 

Lo bueno es que hay tiempos de paz, en los que puedes no levantarte, y vivir al abrigo de un edredón las 24 horas del día. Días en los que nada te sacaría de la cama... y aquí es donde apareces tú.

Podría estar aquí metida los 20 días de vacaciones, y sin embargo un "¿qué hacemos?" saliendo de tu garganta puede llevarme a cualquier sitio, o hacer que tú vengas aquí. Dejaría el calor de mi cama en cualquier rincón olvidada si haciéndolo ganara el de tus brazos en las mismas cantidades.

Pero al final solo me viene a la cabeza la idea de hacerte mi rutina: escuchar el despertador, acariciarte la espalda, darte los buenos días, ir a clase, comer contigo, darte las buenas noches... pasar los fines de semana contigo... y así día tras día.


No quiero que seas un poco de frescor en mis días, quiero que tú seas mi vida. Escucharte en todas las canciones, y verte allá donde voy, a veces, no es suficiente. Quiero que mi vida huela a ti, que sepa, como lo hace tu cuello y sobre todo, que me alivie como sólo tus dedos saben hacerlo.