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Fugitivas


Vivimos sin pertenecer a ningún sitio. Sin que un lugar nos arrope y nos dé las buenas noches. Y aun así siempre encontramos la manera de hacer que los recuerdos vuelen y que con solo cerrar los ojos, nos lleven hasta ese banco, ese césped o esa cama.

Vivimos sin saber cómo. En pasado y en presente. Superamos mil y una noches, mil y dos días, siempre pensando en uno más, siempre recordando cómo fue uno menos. Y así nos pasa, que no sabemos si vamos o venimos o en qué maldito día vivimos. Y se nos olvida que sólo han pasado trescientas ochenta y cinco noches desde aquella en la que el valor te superó y dejaste los miedos atados a mi cuello, cuando ataste tus brazos a él, como si de una medalla se tratasen.

Somos fugitivas. Fugitivas de miradas, de cámaras, de gente que desprecia lo que somos. Parecemos esos niños a los que nadie elige en su equipo y acaban odiando el fútbol. Yo ya odio a todo el mundo que nos mira mal cada vez que nos besamos o pasamos de la mano a su lado.

Parece que huimos, que Madrid no nos quiere, que nuestra casa no existe, y que nacimos para ser nómadas. Nómadas de un mundo en el que no somos nada ni nadie y en el que no estaremos nunca mejor que en casa. Pero qué es casa, si cada beso dulce en el vagón del metro supone cuatro miradas que se apartan de nuestro lado, tres más que se mantienen con malos pensamientos en las mentes que las controlan y dos que no pueden apartarse porque el placer que sienten es mayor a lo que han sentido en toda la semana.

Pero queda el consuelo de que esto es solo temporal, que luego recordaremos entre risas todos esos momentos en los que los besos eran más importantes que la gente que nos rodeaba. Y la última conclusión que sacaremos es que nuestro hogar no es otro que el que aparece cuando juntas tus labios a los míos y al separarnos no miramos y sonreímos como si el mundo se hubiera detenido un par de minutos.


Haces que llueva sólo con tu respiración

"¿Y si vamos a la parte de atrás 
y pierdes tus manos en mi pelo 
y tu boca en mi cuello?"

Es una frase 
que se queda atrás en el tiempo.
Y ahora lo que quiero
es verte como el otro día,
erguida sobre el mundo
y jurarte que siempre
serán mis rodillas las que te sostengan
mientras tu cuello
busca aire por encima de la atmósfera terrestre,
que mis hombros 
te servirán de apoyo cada vez que vuelvas a caer, 
que mi boca
te hará resucitar cuando no te queden fuerzas 
para seguir librando más batallas.

Recorro
el contorno de mi piel
pensando
en cómo se eriza
cuando son tus dedos 
los que la bailan,
cuando son tus labios
los que la remueven de su paz.
Y entonces 
siento como te acercas más a mí
y vas tocando 
uno
a
uno
todos mis puntos débiles,
hasta el momento de acercarte a mi cuello,
con tus ojos, con tus manos, con tus besos. 

Y te pones a jugar con mi control, 
a retar a la suerte, 
y a veces ganas, 
y otras 
soy yo la que se deja vencer. 
Y ambas veces 
soy yo la que acaba subiendo al cielo 
en busca de algo que llene mis pulmones,
 en un poco más de autocontrol 
que bloquee mi garganta
 y haga que nuestros cuerpos
 sean los únicos que sepan 
a qué velocidad palpitan nuestros corazones.