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Solo se oía el ruido puntiagudo del silencio. Me miraba sentada en la cama, con los ojos rojos, inundados por unas lágrimas que no querían deslizarse por sus mejillas, hasta que su boca se entreabrió y dejó salir un "no te vayas... por favor, ven aquí".

Yo la miraba desde la puerta. apretando los dientes e intentando no fijarme sus ojos, esos ojos llorosos que me ponen los pelos de punta, debatiéndome entre ceder o huir.

Las discusiones nunca son fáciles. Pero a veces lo es cerrar la puerta de un portazo y tirarse en la oscuridad de otra habitación donde el silencio desparece y son los pensamientos los que se suceden. Sólo oía gritos en mi cabeza que se sucedían sin parar, agolpándose e impidiéndome llegar a cualquier solución coherente a lo que estaba pasando.

Y por mucho que hubiera preferido irme de allí y no volver, mis pies sólo sabían volver a abrir la puerta, secar sus lágrimas y decir decir "lo siento".

Lo último que recuerdo es un beso en la frente, un abrazo, de esos que dan la vida, mientras me susurraba "no pasa nada, idiota".



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